Debussy: “Un artista es alguien acostumbrado a vivir entre sueños y fantasmas”.

03.07.2018

Debussy: “Un artista es alguien acostumbrado a vivir entre sueños y fantasmas”.

Publicado en Lecturas Sumergidas

Música, Nº45 / Mayo-Junio 2018, Pasiones

Claude Debussy: “un artista es alguien acostumbrado a vivir entre sueños y fantasmas”

 

Por Nacho Goberna © 2018 /

Una extensa lista de joyas discográficas y dos apasionantes libros llevan manteniendo desde hace días una encendida conversación en mi espacio de trabajo. Cabalgando mi ansiedad por saber, tratando de ordenar el inicial caos de fuentes y datos, el objetivo del diálogo no es otro que intentar profundizar en el perfil humano y creativo del gran compositor Claude Debussy: ¿cómo vivió su vida?, ¿qué pautas creativas y estéticas latían bajo sus composiciones?, ¿cuál era su relación con la obra de otros compositores coetáneos?, ¿cómo se desarrolló su intensa amistad con Erik Satie?… Entre palabras y músicas; entre dos siglos e influencias diversas; entre protagonistas y creaciones sorprendentes, transita mi inquieta hoja de ruta mientras la pantalla del ordenador no para de sumar al desatado diálogo trazos fronterizos con toda suerte de asombros y sorpresas. Siguiendo su rastro en el espacio y el tiempo, investigando como si fuera lo que no soy, un detective, aquí me encuentro: observando, escuchando, tratando de descifrar los porqués del creador de, entre otras muchas maravillas, Clair de Lune

¡La música es algo libre que está por todas partes, que no está ceñida a nada, y que no está, sobre todo, en un papel!  (Debussy al escritor y viajero Victor Segalen -8 de octubre de 1907-)

 

NIÑO DEBUSSY

Es 22 de agosto de 1862 en Saint-Germain-en-Laye, una pequeña localidad situada a treinta kilómetros al oeste de París. Victorine Manoury, costurera, está dando a luz a su quinto hijo. Manuel-Achille, propietario de un establecimiento en el que se venden artículos importados de la lejana China, espera inquieto en el salón de la vivienda; dando un nervioso paseo alrededor de la casa o tal vez sentado a la vera de la cama de su mujer. Calor, sudor, dolor, incertidumbre… regocijo. Dos ramas genealógicas ausentes de música en sus raíces confluyen en una nueva descendencia. Una serie de berridos encadenados anuncian a todos los habitantes de la casa la llegada de un bebé que desde temprana edad comenzará a alumbrar obras musicales crecientemente evocadoras. Sus padres no lo saben, no aún, pero junto a gigantes de los pentagramas como Fauré, Satie, Ravel… el recién llegado se ganará a pulso el pasar a formar parte del extraordinario mapa de compositores franceses que contribuirán a moldear la banda sonora europea del siglo XIX y principios del XX.

¿Qué le depararía la vida al pequeño Claude Achille Debussy? La respuesta se escribiría a lo largo de los años en papel pautado. Entre tradición y modernidad, sacudiéndose con arrojo la pegajosa pereza del academicismo de su época, sería iniciador del género conocido como Música Impresionista; creadores experimentales como John Cage –In a landscape, Silence…-, uno de los máximos protagonistas del movimiento vanguardista musical Avant-Garde, o el polifacético artista japonés Ryuichi Sakamoto -compositor de, entre otras, las bandas sonoras de El Cielo Protector o El Último Emperador-, lo reconocerían, junto a Erik Satie, como una de sus grandes influencias. Armonías, timbres y ritmos se convertirán en inseparables compañeros de viaje de Claude. Su niñez también:

 

Hasta el final de su vida, Debussy siguió siendo lo que los franceses llaman ‘grand enfant’, un niño grande. Esa misma maravillosa inocencia y pureza de sentimientos, que son el sello de su arte, apareció en todas sus obras y palabras. Cuando tenía cincuenta años, se divirtió más que su pequeña hija Chouchou [Claude-Emma] con los juguetes traídos a casa por su madre. (Alfredo Casella, compositor, pianista y director de orquesta italiano)
 

Es 3 de junio de 2018 en pleno corazón del barrio de Malasaña en Madrid. Estoy escuchando las seis piezas que componen la suite Children´s corner en su concepción original, solo piano, e interpretada por Samson François (1924-1970): Una serenata para la muñeca, La nieve está bailando, La canción de cuna de Jimbo… Dulces, encantadoras, si se pudiera abrazar la música las abrazaría.

Claude dedica su hermoso Rincón de los niños, en el que busca reflejar el mundo de los juguetes, de la infancia, a su única hija, la pequeña de tres años Claude-Emma, Chouchou.

Estamos haciendo de la niña un ser equívoco, que actúa mitad de ángel mitad de malvada. Es preocupante. Trataré de inculcar a mi hija un poco de lealtad y también de bondad. Pero, para ello, tendré que luchar incluso contra su madre. (Debussy a Victor Segalen -6 de mayo de 1908-)

En 1910 André Caplet, amigo y admirador de Debussy, orquestó El Rincón de los niños. Orquestar piezas de un maestro de la orquestación suena a tarea tan interesante como arriesgada. Reproduzco en mi equipo de música la recreación del señor Caplet, en este caso con la dirección de orquesta a manos de Jean Martinon (1910-1976):  Distinta, cierto, pero también hermosa. Mientras la escucho puedo imaginar a Willy Wonka asomándose por mi ventana. Podría haber sido una magnífica banda sonora para Charlie y la fábrica de chocolate.

 

ENSIMISMADO DEBUSSY

 

Pero volvamos a Saint-Germain-en-Laye, a los iniciales compases de la vida de Debussy en los que sus padres no muestran demasiado interés por el desarrollo del muchacho. Gracias Clémentine. Ella, su querida tía, cae en la cuenta de la inclinación natural que el pequeño Claude tiene por la música. En una visita que el joven Debussy le hace a Cannes en 1871 recibe sus primeras lecciones de piano… “Sólo he oído a dos pianistas buenos: mi vieja maestra de piano, una mujer pequeña y gruesa, que me empujó hacia Bach, y que lo tocaba como nadie hace ahora; poniendo la vida (…) El segundo era Listz, a quien oí en Roma.” (Debussy a Victor Segalen, 17 de diciembre de 1908).

De vuelta a casa, y ya con su padre a la batuta, continua su aprendizaje con un profesor pupilo de Frédéric Chopin. Posteriormente, con diez años, entra en el Conservatorio.

Faltó muy poco. Mi padre me reservaba para la Escuela Naval. Luego conoció a alguien… No sé cómo pasó “Ah, ¿así que toca? Perfecto… Pero habrá que ponerlo a estudiar música…”. Entonces mi padre se empeñó en reservarme exclusivamente para la Música, como si no supiera nada de ella. (Claude Debussy a Victor Segalen –8 de octubre de 1907-)

Uno de sus compañeros de clase describe al Claude de entonces como “poco comunicativo, hosco y nada atractivo para sus amigos”, ensimismado, un efecto que a menudo producen sus obras en los pensamientos de quienes las escuchan. Al menos, a mí me ocurre.

 

Nuestro protagonista sigue creciendo, rodeándose de buenos libros y cuadros, de buena ropa, a menudo coronado por un sombrero de ala ancha y siempre dispuesto a disfrutar de una comida, Debussy gourmet. “Será un virtuoso”, comentan sus profesores. Sus íntimos cuentan que es “silenciosamente obstinado”. Esa callada obstinación lo acompañará a lo largo de toda su vida: “Aún tengo que acabar unas cosas que no quieren acabar. Piezas sinfónicas con las que no me resigno a hacer una chapuza. Hasta ahora no he dejado nada inacabado. ¡No quiero hacerlo!” (Debussy a Victor Segalen -8 de octubre de 1907-)

Al llegar a los 24, Debussy se abre a una inicial influencia wagneriana, pero hay más, mucho más, que la trasciende en los años venideros. Comienza en él una batalla de inspiraciones en la que la pintura de Claude Monet, Cézanne, Renoir, Pissarro… los escritos de Edgar Alan Poe y los poetas simbolistas; las exóticas escalas del extremo oriente y Satie, acaban imponiéndose. Romper las reglas, desafiar lo convencional: “El peligro de la metafísica en el arte. Wagner cayó en ella, como un histrión. La Tetralogía es una obra fallida; el Ocaso es la pieza de un artista aplastado por su obra.” (Debussy a Victor Segalen -11 de septiembre de 1906-)

 

ARTISTA DEBUSSY

 

Hoy es 6 de mayo de 1889. La gran Exposición Universal de París, todo un acontecimiento cultural y social para la época, abre sus puertas. El símbolo principal del evento es la Torre Eiffel, un prodigio de ingeniería cuya construcción finalizó semanas atrás. Durante los próximos 6 meses miles de personas caminarán fascinados entre los diferentes pabellones, por el Campo de Marte, el Trocadero, la estación de Orsay, la explanada de los Inválidos. Maravillas tecnológicas por doquier: lo último en ferrocarriles, armas de fuego, ingeniería… “representaciones” de culturas y costumbres lejanas, desconocidas:  una Plaza de toros en cuya inauguración se puede ver a los Matadores Antonio Carmona, el Gordito, Fernando Gómez ”El Gallo” y Juan Ruiz ”Lagartija”; Buffalo Bill y su “Muestra del Salvaje Oeste”; “Un pueblo Negro” (village nègre)… Ha pasado más de un siglo desde entonces. Rabia y tristeza afloran según escribo al constatar que en pleno sXXI,  en 2018, sigue torturándose a animales en “espectáculos”; seguimos siendo espectadores de genocidios como el que sufre, entre otros, el pueblo Palestino y el racismo, la xenofobia, está crecientemente presente en la “moderna” sociedad en la que vivimos. Lamentable “modernidad” la nuestra.

Debussy, Chabrier y un imberbe Ravel de 14 años escuchan en aquellas jornadas de alumbramientos tecnológicos y culturales algo que jamás antes habían escuchado: la música natural de la isla de Java, Indonesia. Todos ellos quedan  capturados por sus evocadoras texturas y contrapuntos, por su excitante novedad, misterio. Cien años después del evento donde Claude descubre las sonoridades orientales que tanto le influyeron a lo largo de su carrera compositiva, el músico japonés Ryuichi Sakamoto nos habla de cómo la creatividad, su capacidad para emocionar e influir, puede trascender al tiempo y las geografías embarcada en un mágico trayecto de ida y vuelta:

Cuando era niño amaba la música pop por un lado y a Bach y Haydn por el otro, pero más tarde, cuando tenía 13 años, Debussy vino a mi oído. Música sobre estados de ánimo y atmósferas, no sobre el este y el oeste. La música asiática influyó en Debussy, quien me influenció; todo es un gran círculo.” (Ryuichi Sakamoto)

Han pasado cinco años, es 1894. Debussy estrena su bellísimo The Prélude à L’après midi d’un faune en la Salle Harcourt de París. Hasta la fecha nadie había hecho referencia a una corriente musical vinculada con el Impresionismo en la música. En una conferencia que da en torno a 1970 en Harvard, el director de orquesta Leonard Bernstein señala sobre la obra: “no sólo fue un cambio estilístico, fue un cambio radical: El sueño del poeta Mallarmé hecho realidad”. Tempos, escalas, timbres…en libertad. Caleidoscópica, excepcional, supone para muchos un antes y un después en el devenir de la música orquestal.

No existe una teoría. Sólo tienes que escuchar. El placer es la ley. Me gusta la música con pasión. Y porque me gusta trato de liberarla de las tradiciones estériles que la ahogan. Es un arte libre que brota – un arte al aire libre, sin límites, como los elementos, el viento, el cielo, el mar. En ningún caso debe ser cerrado y convertido en un arte académico. (Debussy)


ImpresionismoSimbolismo, en Literatura Baudelaire,  Mallarmé, Rimbaud Verlaine… Es 1895. Debussy termina su ópera Pelléas et Mélisande, una obra simbólica, alejada de los convencionalismos operísticos, del realismo, de la grandilocuencia, en la que el galo intenta, según señala Geoffrey Norris, crítico de la revista Gramophone, crear un nuevo tipo de ópera francesa basada en un lenguaje musical personal y progresivo. Ambientada en el reino alegórico de Allemonde, la aspiración del autor es –seguimos con Norris– ramificarse en regiones que ni Saint-Saëns ni Massenet podrían haber imaginado. Se estrena en 1902 y genera, desde el comienzo, toda suerte de excitadas, contradictorias, opiniones. Camille Bellaigue, crítica musical de la “Revue des Deux Mondes”, encuentra en la obra los “gérmenes y la decadencia de la muerte”. El compositor Paul Dukas comenta que “cada compás correspondía exactamente a la escena que retrataba … y a los sentimientos que expresaba”. Vincent d’Indy ve a Pelléas como una ópera con “sentimientos humanos simplemente sentidos y expresados en términos humanos, a pesar de la apariencia exterior que los personajes dan de vivir en un sueño misterioso”.

La soprano británica Mary Garden (1874-1967) es la elegida por Debussy para interpretar Mélisande en su primera representación. Sobre su experiencia vivida, «la Sarah Bernhardt de la ópera» señala: “Tuve las emociones más extraordinarias que he experimentado en la vida. Al escuchar esa música, sentí que me convertí en otra persona. Alguien dentro de mí cuyo lenguaje era similar a mi alma.”

La admiración es recíproca: “Estoy fastidiado: tengo una faena. La revista “Música” pregunta a todos los músicos lo que piensan de sus intérpretes. Tengo que hablar de Mary Garden. Conmigo ha sido admirable…” (Debussy, 12 de noviembre de 1907)

El maestro Claude nos regala el 15 de diciembre de 1908, y con Victor Segalen como medium, una concisa clase magistral alrededor de su visión relativa al divergente, enfrentado, asombroso paisaje musical que se desarrolló con inusitado arrojo creativo en la Europa del sXIX e inicios del XX: “Los músicos ya no saben descomponer el sonido, darlo puro (…) Yo me esfuerzo por utilizar cada timbre en su estado de pureza; como Mozart, por ejemplo. Y de ahí viene que ya no sepamos tocar a Mozart. Hemos aprendido demasiado a mezclar los timbres; a destacarlos mediante sombras o masas sonoras, sin hacer que jueguen con sus propios valores. Wagner fue demasiado lejos en eso. Por ejemplo, liga la mayoría de sus instrumentos dos a dos o tres a tres. El colmo del género es Strauss, que lo ha echado todo a perder. Añade el trombón a la flauta. La flauta se pierde y el trombón adquiere una voz extraña. Yo me esfuerzo, en cambio, por mantener la pureza de cada timbre, por ponerlo en su verdadero lugar. La orquesta de Strauss no es más que un compuesto tipo bebida americana, donde se mezclan dieciocho productos; todos los sabores particulares desaparecen. Es una orquesta-cóctel”. Claro, explícito, lúcido Debussy.

 

AMIGO DEBUSSY

 

Debussy sobre Satie: “Es un músico medieval y dulce, extraviado en este siglo para alegría de su buen amigo CL. A. Debussy.”

Satie sobre Debussy: “Desde que le vi por primera vez, algo me llevó hacia él y deseé vivir sin cesar a su lado. Tuve durante treinta años la suerte de poder realizar este deseo. Nos entendíamos con medias palabras, sin explicaciones complicadas, pues parecía que nos conociéramos desde siempre.”

Retrocedemos en el tiempo. Es 1890, abril, noviembre, en un cabaret del bohemio barrio parisino de Montmartre llamado El Gato Negro. Noche, humo, colores, bullicio… un piano. O tal vez sea un año después, 1891, primavera, invierno. Estamos en el restaurante L’Auberge du Clou de París. En él Claude Debussy conoce meses antes a Gabriele Dupont. Con ella comparte su vida hasta 1899. La quiere, la deja, “Gaby ojos verdes” se pega un tiro, sobrevive, sale de escena.

En unos minutos de cabaret, de restaurante, eso dicen unas, dicen otros, dos de las figuras más relevantes de la historia musical de finales del siglo XIX y principios del XX, ambos Rosacruces durante una etapa y niños grandes a tiempo completo, Debussy y Satie, 28 y 24 años respectivamente, se encontrarán por primera vez. No será la última. Comienza una bella amistad que durará tres décadas y acabará abruptamente. Intensa como las paralelas obras creativas de sus dos protagonistas, se desarrollará entre mutua admiración y cariño…

En arte prefiero la sencillez; en cocina lo mismo (…) Entre mis recuerdos de comensal no puedo olvidar los simpáticos almuerzos a los que asistí, durante varios años, en casa de mi amigo Debussy, cuando vivía en la calle Cardinet. Tengo grabado el recuerdo de tan encantadoras comidas. Huevos y chuletas de cordero era todo el gasto de esos amistosos encuentros. ¡Pero qué huevos y qué chuletas! Todavía me estoy relamiendo (por dentro, ya se lo imaginan). Debussy tenía el secreto (el más absoluto secreto) de la preparación. Todo se rociaba con un delicioso burdeos blanco, cuyos efectos eran conmovedores y disponían de maravilla a disfrutar de la amistad. (Satie)

Llega la sobremesa de la velada. Ambos se sientan al piano y tocan a cuatro manos.

Hace unos meses Debussy contrajo matrimonio por primera vez. Su amigo Satie es uno de los testigos.

Mutua admiración y cariño, pero también creciente competición, enfrentamiento, distancia.

 

Año aciago, 1909. Debussy descubre que tiene cáncer. Su carácter se torna áspero, agrio.

Han pasado dos años. Maurice Ravel –pienso en la paz que siempre me ha transmitido Pavane pour une infante défunt, una pieza de Ravel que decidí me acompañara en los dos mayores duelos de mi existencia– presenta a Satie como “precursor de sí mismo y de Debussy”. Tal vez lo hace con intención de enfrentarlos o tal vez se limita a decir lo que piensa. Debussy se enfada. La distancia entre los dos amigos, Claude y Erik, se alimenta, es alimentada, como el personaje del Espíritu Sin Rostro en El viaje de Chihiro.

Satie parece levantar el vuelo, público, críticas, estrenos, año 11, 12, 13. A sus oídos llega que Claude dice sentirse sorprendido por su éxito. Erik enfurece. Envía a Debussy una misiva pródiga en toda suerte de improperios. Conociendo a Satie, su afilada manera de transcribir a papel y tinta los enojos, mejor no imaginar.

Los egos de dos maestros que se quieren, se admiran, pero también compiten. ¿Envídia?, ¿soberbia?, ¿inseguridad?… fragilidad.

La estética de Debussy se vincula al simbolismo en varias de sus obras: es impresionista en el conjunto de su obra. Perdóneme, se lo ruego: ¿no soy yo un poco el causante? Es lo que se dice. Cuando me encontré con él, al principio de nuestra relación, Debussy se encontraba totalmente impregnado de Musorgski. Yo estaba escribiendo “Le Fils des Étoiles” y le explicaba la necesidad para nosotros, los franceses, de liberarnos de la aventura de Wagner, que no respondía a nuestras aspiraciones naturales. Y le recalcaba que no era yo en absoluto antiwagneriano, pero que debíamos tener una música nuestra, sin choucroute a ser posible. ¿Por qué no recurrir a los modelos representativos que nos ofrecían Monet, Cézanne, Lautrec, etcétera? ¿Por qué no transponer musicalmente estos medios? Nada más sencillo. ¿No son acaso expresiones? Ahí va un buen punto de partida para fecundas experiencias. (…) ¿Quién podía darle ejemplos?, ¿revelarle hallazgos?, ¿indicarle el terreno por explorar?, ¿suministrarle observaciones probadas? ¿Quién…? No quiero responder: ya no me interesa. (Satie)

Dice Debussy que los que definen su música como Impresionista son “Imbéciles”. Me reconozco en sus palabras. Como Satie y otros, por una o varias razones, soy imbécil.

 

Debussy con su tercera mujer y madre de “Chouchou”, Emma Bardac.

Hoy hay un concierto monográfico de la obra de Debussy. Él mismo se encarga de empuñar la batuta. Para sorpresa de todos decide incluir en el programa las versiones orquestales que ha escrito de la primera y tercera Gymnopédies de Satie. El público las recibe con entusiasmo, ¿demasiado entusiasmo? Dos semanas después del evento Satie escribe a su hermano Conrad: “Uno que no está contento es el bueno de Claude. Si hubiera hecho lo mismo que Ravel -que no esconde la influencia que he tenido en él-, su posición no sería la misma. El éxito de las Gymnopédies en el concierto que él mismo dirigió le ha sorprendido desagradablemente. ¿Por qué no quiere cederme un sitio pequeñito a su sombra?” (Satie)

Seguimos agotando el calendario, la amistad, la vida. Es 8 de marzo de 1917. Satie remite una carta a la esposa de Debussy: “Querida señora. Decididamente, resulta preferible que el “Precursor” (penosa guasa que ya se repite demasiadas veces), se mantenga a partir de ahora en su propia casa, a lo lejos (…) Escribiré a menudo. Os quiero a todos. Mucho.” (Satie)

Meses después, conocedor del agravamiento de la enfermedad de Claude, Erik le envía una carta de reconciliación. ¿Nunca es demasiado tarde? Según atestigua Louis Laloy, que jamás mantuvo buenas relaciones con Satie y al que Debussy respetaba como crítico musical serio, sólido…: “Claude la leyó tirado en la cama, de donde no se había movido durante semanas, y en donde al poco tiempo moriría. Sus manos temblorosas arrugaron el papel y susurró: “Perdóname”, con lágrimas en los ojos.”

 

EPÍLOGO

Hoy, 25 de marzo de 1918, ha fallecido el maestro Claude Debussy a la edad de 55 años. En El rincón de los niños los juguetes de Chouchou callan, guardan silencio. En apenas unos meses la pequeña Claude-Emma de 13 años también fallecerá, en su caso por una difteria mal diagnosticada.

 

La I Guerra Mundial ha terminado, 1919. Satie compone una elegía a la memoria de su amigo Debussy. El texto de Alphonse de Lamartine finaliza, desgarrado, con este verso: “Un solo ser te falta y todo resta despoblado”

Es dos de julio de 1925. Ayer falleció Satie. Tenía 59 años. Tres amigos del compositor, Conrad, Milhaud y Caby, visitan la que fue casa del creador de las Gymnopédies y Gnossiennes durante los últimos años de su vida. El pequeño apartamento, sucio y atestado de objetos grasientos entre montañas de basura, también calla; guarda, como  los juguetes en El Rincón de los niños de “Chouchou”, silencio. En una esquina hay un piano. Sobre él tres partituras inertes: Images, Estampes y Cing Poémes de Baudelaire, todas ellas escritas por su amigo Claude Debussy.

Erik murió sin dejar descendencia. Fallecida la única hija de Claude meses después de su marcha, tampoco quedó descendencia del compositor de Clair de Lune, Images, Etudes y tantas otras. Las ramas genealógicas de ambos amigos, maestros y niños grandes, se truncaron para siempre con sus fallecimientos pero ¿acaso hay algo más imperecedero que sus obras?

Es 21 de junio de 2018. La noche más breve del año está comenzando a desplegarse por Malasaña. Me cuesta abandonar la aventura, volver a mi pequeño aquí y ahora. Subo el volumen del equipo de música y abro la ventana. Un ocasional transeúnte se para, mira hacia arriba y escucha La Mer. Hace más de cien años de su controvertido estreno en la Ciudad de la Luz, París. Pienso en la inmortalidad de la música sublime.

Los que me rodean se niegan a aceptar que nunca podría vivir en el mundo cotidiano de las cosas y las personas. De ahí la irreprimible necesidad que tengo de alejarme de mí mismo y emprender aventuras que parecen inexplicables, porque nadie sabe quién es este hombre, ¡esa es quizás la mejor parte de mí! De todos modos, un artista es, por definición, alguien acostumbrado a vivir entre sueños y fantasmas. (Debussy)

 

 


Bibliografía:

  • “En un mundo sonoro, Victor Segalen, y entrevistas con Debussy”. Publicado por Ediciones La Uña Rota. Primera edición (2018). Traducción de las entrevistas a Debussy por Pablo Moíño Sánchez.
  • “Satie, la subversión de la fantasía”, publicado por Ediciones Península. Primera edición (2013). Autor: Alfonso Vella.
  • Revista Gramophone.
  • Periódico The Guardian.
  • Wikipedia… y un largo etcétera.

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Foto de Eduardo García Blanco